De todos los temas de los que se podría hablar en torno a la persona o a la obra de Hugo Gola, quiero detenerme en su particular relación con la lectura. Comienzo, precisamente, con una cita de su libro Prosas:
Cuando me levanto ─casi siempre muy temprano─ tengo para mí unas horas, generalmente dos o tres, distintas a las del resto del día. Tal vez resulten del silencio, tal vez de la oscuridad, de la sensación de aislamiento y soledad, o quizá sea sólo la consecuencia del reposo nocturno. Durante esas horas leo con mayor atención, y a veces en ese tiempo también escribo o traduzco. No es ésta, sin embargo, una mera costumbre. A esas horas tengo una especie de disponibilidad diferente, algo así como un vacío activo. La lectura, entonces, suele crear un espacio de intimidad, de autoconciencia vigorosa. Después de esos momentos soporto de otra manera el resto del día.
De ese “vacío activo”, de esa vigilia íntima, pende todo lo demás. Ahí, en la habitación, el espacio se ensancha y el tiempo transcurre de forma distinta: el silencio, la espera, la atención distraída, los libros, el mate, las hojas, la pluma, la luz vacilante que asoma por la ventana. La escena está casi completa, hace falta sólo un objeto imprescindible: la lámpara. No hay lectura sin luz ─aunque también podría invertirse este enunciado y decir─ la lectura es luz. Al alba o al anochecer, la lámpara y la lectura son un binomio inseparable. Gastón Bachelard en su libro La llama de una vela describe muy bien este vínculo:
El verdadero espacio del trabajo solitario es, en una habitación pequeña, el círculo iluminado por la lámpara. (…) Y la lámpara de trabajo concentra la habitación en las dimensiones de la mesa. (…) No se sabe en qué piensa el trabajador ante la lámpara, pero se sabe que piensa, que está solo en su reflexión. (…) La soledad se acrecienta si, sobre la mesa iluminada por la lámpara, se expone la soledad de la página blanca. ¡La página blanca!, ese gran desierto por atravesar… (115)
La traducción del libro de Bachelard es de Hugo Gola. No es extraño pensar que Gola se haya sentido atraído por ese libro y por la sensibilidad particular que Bachelard muestra en él, una sensibilidad compartida: el amor por la poesía y el trabajo en soledad. La traducción es también una manera de leer, más atenta, más activa, y para Hugo, que la practicó en distintos momentos a lo largo de su vida fue, además, una manera de estar alerta, de propiciar la propia escritura.
Todo en Gola era preparación para la escritura, porque la poesía estaba invariablemente en el centro de su vida. Esperar el momento privilegiado de la llegada del poema, “la visita del ángel”, como la llama Juan José Saer, supuso para Hugo Gola una tensión y una atención constantes. Y en esa espera, la lectura tuvo siempre un papel fundamental. Continuamente Hugo Gola comentaba cómo la escritura de otros poetas, narradores, ensayistas, artistas, historiadores, incluso científicos, provocaba en él el impulso necesario para escribir. Recuerdo su particular gusto por leer libros de viaje, memorias, diarios, cartas, anotaciones sueltas de los escritores. Cada texto leído con placer gravitaba en su propia obra. Gola descubría ahí los complejos mecanismos de la escritura, se nutría de la energía que los textos irradiaban:
Una de la pruebas ─quizá la más incontrovertible─ de la verdad de una escritura, de su excelencia, es, para mí, que despierta el deseo de escribir. ¿Qué es aquello que esa lectura impulsa?, ¿qué cualidad encierra la palabra ajena para actuar así? El proceso que nace de dichas lecturas articula un estado de predisposición afectiva que lleva a registrar ciertas sensaciones internas, derivadas de aquella relación con el texto. A veces una lectura dinamiza estados que sin ella permanecerían apagados. Este hecho, bastante inexplicable, lo percibo como la prueba de las pruebas; no hay ─pienso─ ningún juicio que ponga en marcha un proceso semejante. Se produce un fenómeno complejo que llamaría de resonancia. Cuando sucede anula todas las resistencias, y ello es, para mí, la prueba de valor de un texto. (Prosas, 114)
Esa confluencia entre la disposición interna y el impulso externo que provoca la lectura, el alcance de esas resonancias, impactaron, no sólo en la escritura de Hugo Gola, sino también en su vida. La lectura es un acontecimiento vital: produce experiencias, anuda lo visto, lo vivido, con el sueño, el deseo y la imaginación; reaviva la memoria. Ante un libro un hombre se construye y se reconstruye. En Prosas, Gola señala las correspondencias entre la lectura y su vida:
Lectura y vida nunca discurrieron separadamente. Modifiqué, gracias a las lecturas, muchos aspectos de mi vida. Algunos libros cambiaron mi modo de mirar, mi modo de amar, mi forma de considerar a los demás, de valorar sus actitudes o sus ideas. De mis lecturas proviene casi todo lo que soy, aunque haya olvidado casi todo lo leído. Una reserva de sedimento básico. No puedo separar lo que traía de lo adquirido. Las lecturas ampliaron mi naturaleza original convirtiéndola en aquello que ahora soy. De esa mezcla provengo.
Filtraciones, trasvases, transformaciones, ocurren en el acto mismo de leer: la vida cambia, se modifica la mirada, se amplía una visión. Leer implica una actitud, una manera de estar en el mundo, una responsabilidad ante lo que se lee. Para Hugo Gola, la lectura supuso siempre un acto ético y una experiencia estética a la vez. De ahí, la dificultad propia de la verdadera lectura: una vez cerrado el libro, hay que saber qué hacer con esa acumulación de materiales que hemos arrastrado a nuestro interior.
Consciente del valor de la lectura, Hugo Gola, a lo largo de treinta años, editó numerosas revistas y libros con el propósito de compartir con otros sus propias lecturas. Entre esas muchas publicaciones se encuentra el libro El oficio de poeta de Cesare Pavese, que Gola tradujo en colaboración con Rodolfo Alonso en 1956. El segundo ensayo del libro se titula precisamente “Leer”, y recuerdo que Hugo solía ponerlo en clase quizás para que los alumnos comprendieran las profundas implicaciones de ese acto, para despertar en ellos la curiosidad, el respeto y el amor por los libros. Pavese insiste, en varios momentos del ensayo, en el hombre que está detrás del libro: “los libros no son los hombres, son medios para llegar a ellos; quien los ama y no ama a los hombres, es un fatuo o un condenado”. Y más adelante señala: “Se habla de libros. Y se sabe que los libros, cuanto más pura y más llana es su voz, tanto más dolor y tensión han costado a quien los ha escrito. Es inútil por lo tanto, esperar sondearlos sin pagar nada. Leer no es fácil”. La lectura para Hugo implicó siempre un trabajo interior: sabía, al igual que Pavese, que los grandes escritores articulan en sus textos los problemas cotidianos con las preguntas esenciales que tocan el sentido último de la existencia humana: la vida y la muerte, la enfermedad y la vejez, el amor y la amistad fueron preocupaciones constantes en la vida y la en obra de Gola, y muchas veces buscó en los libros el apoyo necesario para intentar sus propias respuestas.
Siguiendo en esta misma dirección, quisiera recordar aquí las palabras de Hugo Gola en la presentación de su libro Las vueltas del Río:
Yo ahora he estado bastante enfermo en estos últimos quince o veinte días y tenía mucha dificultad de encontrar un libro que me produjera una satisfacción profunda y, en medio de toda la revisión que hice a mano, encontré un libro de un pintor, que yo aprecio mucho, Balthus, que son sus Memorias, escritas, digamos, de una manera que a uno le produce un efecto profundo y permanente. En el sentido en que Balthus no habla de cosas distantes, habla de su propia vida, habla de la dificultad que tuvo para vivir (…). Es decir, me he puesto a leer a autores que yo aprecio mucho, por ejemplo a Dickens y he intentado leer a Simenon, un escritor que valoro mucho y me he puesto a leer a diversos autores, pero ninguno me produjo lo que me produjo al leer las Memorias de Balthus, porque la sensación de que Balthus estaba cavando en su propia vida, realmente me pareció de una dimensión altamente religiosa, que para mí es algo que no es peyorativo, sino de una dimensión de profundidad de la que habla permanentemente Balthus.
La lectura representó para Hugo Gola un verdadero hallazgo, un encuentro vital, de ahí el placer y el estímulo que obtenía de ella, de ahí su obstinada curiosidad. Nada más alejado de Gola que el lector ordenado, exhaustivo, estudioso, nada más alejado que el académico o el investigador. Para Hugo, leer no supuso nunca acumular conocimientos, sino la posibilidad de construir un espacio interior, un equilibrio íntimo, una apertura que le permitiera crear lazos con los otros y consigo mismo: vínculos afectivos que lo ayudaran a ahondar en su relación con el mundo.
Quiero citar, para terminar, el último poema de Retomas, porque a partir de él, puedo volver al principio: la lámpara y el libro, la lectura y la luz. Este poema nos permite entrar en ese espacio iluminado por la escritura de Gola: el espacio de su lectura.
es
ahora
apenas el alba
el vacío inicial
de la mañana
el vacío mayor
que se deshace
afuera
aquí
la lámpara
abre otro
espacio
y el libro
río
sin orillas
sube de pronto
hay un recipiente
azul
reposando a tu
costado
y las paredes
lisas
un espacio real
un abrigo
diría
contra una
desdicha
que se impone
Quisiera pensar que ese “río sin orillas” evoca muchos otros ríos: el Río de la Plata, el Río Gualeguay de Juan L. Ortiz, el río-memoria de esa infancia campesina que Hugo siempre rememoró en sus poemas. El río: cambio incesante, ritmo y movimiento. Pero sobre todo quisiera creer que El río sin orillas que sube de pronto y abre un espacio “real” a la luz de la lámpara, es el libro de Juan José Saer. Ahí, en el espacio que abre la lectura, la realidad se amplía, la lectura alumbra zonas no previstas. Ahí, el lector enciende su propia luz, resguarda su soledad, construye un reducto íntimo. Ahí, entre el libro y la luz, el diálogo continúa: la vida recomienza.