Una pedagogía es una forma de enseñanza; una poética es un criterio respecto a la poesía. Entiendo por una pedagogía poética de Hugo Gola cierta enseñanza de la poesía basada en la autenticidad y la belleza como modo de vida.
La filosofía de la poesía debe reconocer que el acto poético no tiene pasado.
Gastón Bachelard
Qu’il vienne, qu’il vienne, Le temps dont on s’éprenne.
Rimbaud
Conocí a Hugo Gola en la clase de Poesía Latinoamericana I, curso que él impartía en la Universidad Iberoamericana (Santa Fe), en el otoño de 1990. Él tenía sesenta y tres años y yo dieciocho. Un día, durante la clase, Hugo me pareció un bello tigre enjaulado con su barba gris y la mirada feroz, azul cerúlea. Se movía mucho por el salón hablando y como un tigre acechando a su presa, nos miraba a todos. Recuerdo que no supe si era un joven canoso, debido a la energía que tenía al dar su curso, los pantalones de mezclilla y la camisa arremangada. Yo francamente no había conocido a nadie de sesenta y tres años con esa presencia. Leía poemas, explicaba la armonía de una pintura abstracta dibujando rayas maltrechas en el pizarrón, o escribía los nombres de autores con una caligrafía que nunca pude leer bien debido a que era más como una rúbrica personal que como una escritura destinada a ser leída. Sus exposiciones eran, en todo, fuera de lo ordinario: monologantes, vivas, es decir, llenas de energía vital, intelectualmente emocionantes. Salías de ellas con una intensidad que todavía hoy puedo sentir.
Esa carga anímica que Hugo tenía, unida a su amor crítico por la creación artística, eran la norma, o lo que hoy llamo pedagogía poética de Hugo Gola. Al salón llegaban comunicólogos, filósofos, arquitectos, gente diversa atraída por la pasión crítica con que Hugo hablaba de la poesía; ello hacía que el curso estuviera siempre más o menos lleno.
Había, por su puesto, un temario con una revisión de autores y poemas, pero Hugo solía dar más importancia a la lectura en voz alta de algunos versos y poemas que al programa del temario como tal. Leía con voz grave y lenta, empezaba cada verso con un tono fuerte y el verso se seguía con compás variable y con énfasis al pronunciar cada sílaba. Y ese tono de lectura proseguía verso a verso, sin alterar su tono de voz, de manera monótona, musicalmente hablando.
En mi caso, en esos años, asumí esa intensidad vital como forma de vida, y ese amor a la palabra “cargada de energía” como estudio. Hugo gustaba de citar la definición de poema de W.C. Williams “El poema es una máquina pequeña o grande, (hecha de palabras) cargada de energía.” La cual hacía eco con su vitalismo. Esta energía vital en Hugo no era una idea sino que, literalmente, te hacía sentir el contagio de una intensidad anímica, un gusto por la naturaleza, por aspectos de la vida cotidiana, y un amor apasionado por la poesía que él trataba de elaborar con ejemplos de los “materiales” que exponía, leía, recitaba de memoria, en resumen, una intuición apasionada que recorría su discurso y comportamiento.
A su vez desestimaba todo academicismo que dejara de ser revelador o relevante, o criticaba a poetas y críticos que caían en el intelectualismo. Por ejemplo, citaba el caso de Heidegger que había dedicado muchas páginas a un solo verso de Trakl: “El alma es un extraño en la tierra…”, para mostrar su elaboración teórica tomando como pretexto ese verso. Hugo prefería leer a los poetas que hablaban de la poesía que a los teóricos que especulaban sobre la poética de los poetas. Para él la lectura era un estimulo creativo o un aliciente cotidiano.
La poética era para Hugo el trabajo hecho por poetas que reflexionaban sobre su quehacer creativo: elaborando esbozos, iluminaciones, señalizaciones hacia una experiencia que consideraba sagrada, no en un sentido religioso dogmático, sino más cerca de lo místico, como una experiencia interior de “estados de gracia”, en la acepción de Edgar Bayley. Para él la poesía se alimentaba de una experiencia interior que se podía traducir (después de mucha búsqueda) en un estado creativo que concluía en un poema a modo de regalo (gracia). El estado de comunión entre mundo interior y mundo externo convergían en un objeto: la revelación de un poema.
La aproximación de Hugo a estos estados creativos era, cabe decir, muy platónica, aunque él no lo dijera. Como muchos poetas, matemáticos o místicos que creen firmemente que el poema, el teorema o la revelación divina preexisten en la persona gracias a que logran recordar, conocer, o entrar en contacto con algo de esa realidad, Gola creía que el poema era una revelación y que el poeta debía estar atento a esa energía que podía reclamarlo. Lo opuesto sería una invención con intervención de la voluntad. Pero a diferencia del místico, Hugo abrevaba, no en una ascesis, sino en una sensualidad que dirigía a las personas, a los animales, a las plantas, a los libros y a los objetos que amaba, en suma, al mundo exterior e interior, y a sus queridas “mañanas libres”.
Aunque podría decirse que Juan L. Ortiz, su mentor, era lo opuesto a ese sensualismo, ambos compartían una metafísica común: el paisaje interior y la naturaleza son las coordenadas ontológicas sobre las que los dos construyeron sus vidas y sus obras. Por las conversaciones que tuve con Hugo pienso que Juan L. le legó una confianza trascendental en el mundo interior, en interacción con el todo, y una comunión con la naturaleza. Mientras Juan L. se podía quedar dormido con esas muchachas con labios de flores, refiriéndose a los árboles de pirul, en Argentina llamados “aguaribay”, a Hugo la belleza de la mujer y el amor podían poseerlo como a un medium su espíritu tutelar. Rumi lo dice así: “Si no tienes una cabeza, pide prestada una”.
Empezamos a buscar a Hugo fuera de clase para consultarlo sobre los poemas que escribíamos, y hay que decir que era un maestro de la vida. Se interesaba en ti como individuo y te escuchaba como amigo. Le encantaba platicar, caminando, al modo de la enseñanza de los peripatéticos. Pienso que buscaba que rompiéramos esquemas que percibía impuestos, que fuéramos más libres de tomar riesgos propios al vivir y crear. Hacía cosas como abrir una botella de vino en el jardín central de la universidad a la vista de todos, pero hasta la forma de abrir la botella nos impresionaba: la lanzaba en una elipse hacia el pasto logrando que el poto de la botella cayera y se generara una presión interior que hacía que el corcho saliera, esto porque no había un descorchador a la mano. O se recostaba a tomar el sol en el jardín, y alumnos y amigos se le reunían a platicar. En general, sus relaciones eran afectuosas y de genuino interés con todos. Nunca se mostró con arrogancia de ser poeta, o de saber más. Fuera de clase no enseñaba lo que no hubiera hecho él mismo.
Un caso controversial fue la siguiente idea: el derecho de un lector a leer libros aunque no le pertenecieran. Es decir, nos platicó que había dado una clase en Argentina justificando el robo de libros con el solo propósito de leerlos. ¡Y vaya que le hicimos caso! Por los años 90’s llegamos a tener marcación personal en las librerías más importantes de la capital, pero así mismo nunca lucramos con esos robos “amorosos”, como les llamábamos el poeta Luis Verdejo y yo, ya que eran libros que amábamos y leíamos con avidez. Otro consejo que nos daba y que él ilustraba con su vida, era el buscar “espacios de trabajo” que le permitieran a uno “trabajar” (en el sentido rilkeano) de laborar interiormente. En este punto, parte de su pedagogía poética era su forma de vida: espartana, lúcida, ya que vivía solo para levantarse temprano: 4:00-5:00 a.m., cebar mate, leer, contemplar su ventana en su departamento de las Torres de Mixcoac, escribir, y esperar al poema, o escribir reflexiones para después desayunar un poco de pan, café, algo de proteína y marcharse a la universidad. Y ahí trabajar lo necesario para no descuidar su verdadera raison d’etrê: la espera del poema, y en esa espera se daba ese trabajo minucioso, interior, invisible, equilibrista, de aguardar a que la “gracia” de escribir un poema como si fuera dictado por alguna entidad oculta, llegara con una natural dicción rilkeana.
Por mi parte, lo imité durante los primeros meses hasta en la manera de hablar y decir los poemas. Durante años solíamos caminar mucho juntos y platicar por la UIA, o por el Jardín Botánico de la UNAM. Hugo debía caminar por recomendación médica y lo hacía como una garza, elevando sus piernas hacia arriba, las manos asidas por atrás de la espalda, la cabeza inclinada, o mirando los árboles y las nubes. Dichas caminatas eran siempre instructivas. Tomaba gusto de saber los nombres de los árboles y objetos relevantes que miraba, la suya era una mirada curiosa. Siempre había un recuerdo de su tierra nativa, Pilar, y de su provincia, Santa Fe: de sus caballos y los árboles. También había un interés genuino en lo que yo le contaba de mi tierra natal, ya que ambos éramos provincianos, teníamos en común, cierto paisaje. A veces, cuando nos encontrábamos, con una sonrisa velada, me saluda diciendo, “paisano”… para referirse, no a que era connacional, por supuesto, sino del campo. En ese entonces yo usaba todo el tiempo sombrero de ala ancha.
Otras “áreas” que compartí de su pedagógica fueron: el vino tinto, hacer asado, el campo, y como hemos dicho, la lectura incesante. Tenía una devoción por todo ello, empezando por la lectura, y en torno a esas actividades elaboraba su vida, como un ejercicio espiritual que lo ayudaba a vivir mejor, más contento y más lúcido.
A mí y a otros alumnos, como los poetas Tania Favela o Luis Verdejo, nos mostró una forma de vida y de trabajo, donde el principio rector era una frónesis que permitiera vivir-crear, desdeñosa de la fama y de las publicaciones; aunque no de lo político, de la gente, de la sociedad. “El poeta debe ser el hombre más culto”, gustaba citar a Pavese.
Aunque Hugo tuvo una participación activa en el socialismo de su país, y tuvo que salir exiliado durante la dictadura militar, no obstante, en México, se comportaba con mucha prudencia en esos temas.
Pienso que su forma de vivir fue consolidada por su amistad con Juan L., que vivía alejado de la vida literaria, con un pequeño trabajo provinciano, que le permitía dedicar todo su tiempo libre a leer, escribir, dibujar y contemplar el paisaje de Entre Ríos, su provincia natal. A Juan L. le gustaba citar el ejemplo de Antonio Machado, como de alguien que había pasado “la prueba de la soledad en el paisaje”; dicha actitud no es otra cosa que un estoicismo del tipo de las Meditaciones de Marco Aurelio aplicado a la poesía. O un rilkeanismo latinoamericano. Es decir, la vida siempre en relación con el trabajo interior para tratar de crear una obra de arte en la tradición poética occidental.
Era en este marco de la poesía occidental en el que suscribía el esfuerzo por hacer una obra relevante, y parte de su pedagógica era: primero leer todo lo que se tenga que leer para entender las corrientes clásicas de la poesía y la literatura occidental; después, buscar entender las vanguardias y tratar de escribir sin ingenuidad, con criterio de lo que ya otros han dicho y lo han dicho posiblemente mejor que uno. A saber, una poética basada en Ezra Pound.
Quizá no fue así, pero creo recordar que alguna vez Hugo mencionó que la poesía japonesa clásica carecía de la riqueza y desarrollo de la poesía europea, latinoamericana, norteamericana, etc., queriendo tal vez dar a entender que había en estas últimas un trabajo más desarrollado de las posibilidades del lenguaje y la expresión. Y aunque es muy debatible esa opinión, pensemos como ejemplo a favor, cómo una tradición como la de la música culta de Occidente se compara con la música del koto japonés, la primera es muy variada en temas musicales e instrumentos y la última es más modesta en su expresión.
Tanto Juan L. como Hugo leían y traducían de varios idiomas como un ejercicio cotidiano de rigor crítico respecto a la creación, como un tipo de procedimiento que permitía tener afinado el instrumento de la poesía. Hugo tenía una formación bien definida y criterios poéticos que se muestran en las publicaciones realizadas durante veinte años en las revistas Poesía y Poética y en El Poeta y su Trabajo. Pienso que dejó fuera aspectos varios de una formación más amplia, como enfoques científicos, filosóficos, antropológicos, o de cultura popular, pero Hugo enseñaba aquello asociado a su interés como poeta, y no a una formación académica. Por ejemplo, gustaba de Atahualpa Yupanqui y decía que era el mejor cantante de Argentina. Y pienso que lo que valoraba de Yupanqui era su calidad creativa, o sea, era un cantante de folclor, pero no imitaba sino recreaba la música popular haciendo unas composiciones de guitarra y letra muy originales. De ahí que, en mi opinión, no estuviera interesado en la música popular argentina en general, sino en creadores, del orden que fuera, en particular. Por ejemplo, admiraba a Rulfo, Arguedas, Guimaraes Rosa, etc.
Lo relevante para Hugo era el trabajo del lenguaje, la seriedad con la forma de ese lenguaje y no el tema. Sabía que el lenguaje era el receptáculo de la experiencia vital, así lo entendía también Rilke: “Los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias. Para escribir un solo verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana”.
Para terminar, describiré la enseñanza de su poética en mi caso personal. Debido al entusiasmo que me provocaba lo que oía y leía a partir de sus clases, trataba de nombrar mi experiencia cotidiana y se lo presentaba como poemas pasados a máquina. Los leía y me regresaba las copias llenas de correcciones ortográficas y/o gramaticales. Nunca me incentivó a publicar esos textos. Una vez, una amiga, la poeta Ana Belén López, le pidió que le mostrara las copias de poemas que le había dado yo a Hugo y éste contestó con ironía y muy serio: “Sí, cuando se haga la edición de los diez mil ejemplares…” Y nunca más se volvió a tocar el tema. A veces le gustaba algo de lo que le mostraba, pero las más de las veces era muy crítico, por ejemplo, solía decir que tal frase del poema era “programática”, a saber, que era muy pensada o predecible. Cuando hablábamos de mis poemas escritos, charlábamos sobre los intereses y los problemas personales.
A lo largo de veinte años de continuo trato y ejercicio continuo con la poesía aprendí a olvidarme de “querer publicar”, y puedo decir que el cese de esa idea ha sido una de las cosas más trascendentales en mi educación, gracias a Hugo. Es decir, entendí la fantasía de querer “ser poeta”, famoso, público, y en cambio aprendí a trabajar en la poesía como “obrero en su taller”, a gozar de la poesía como experiencia interior y a dedicarme al trabajo “serio” en solitario, a tratar de hacer una obra lúcida y personal. Me hice lejos del ámbito académico y público, y más cerca del vivir de un trabajo creativo. Poco a poco, pasé de pensar que era yo un talento poético, gracias a sus severas críticas, y fui haciéndome de un criterio sobre mi trabajo como escritor de poesía y como modo de vida, en general alerta a un yo iluso.
Reconozco que como crítico Hugo podía ser además de muy severo, un poco cerrado a todas aquellas manifestaciones de escritura poética que no concordaran con su visión de la poesía, pero en mi caso y en el de los poetas Luis Verdejo y Tania Favela, sé que fue un estímulo para seguir escribiendo.
La poesía para Hugo era muy importante, en sus últimos años escribió poco, se le dificultaba hacerlo. Un día le comenté para animarlo: “¡Ya vas a poder escribir, Hugo, ya verás!” y me respondió lacónico: “¡Dios quiera!”. Para él escribir requería unas condiciones semejantes al estado de comunión del amante.
En resumen, la belleza y autenticidad con sus múltiples caras lo acompañaron: la de la amada, la de la poesía, la del mundo. Lo verdadero fue el motor de su pedagogía poética; dicha poética, que buscaba la belleza y la verdad, estuvo siempre unida a su vida, de tal manera que resulta imposible separarlas de él.